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Actualidad  ·  Automatización  ·  Inteligencia artificial  ·  Transformación digital

La inteligencia artificial puede mejorar la productividad, la calidad del trabajo y el servicio al cliente. Medir su ROI ayuda a valorar esas mejoras y a entender qué aporta cada proyecto al negocio. Conocer sus costes y resultados permite ajustar la inversión y decidir si conviene ampliar el proyecto.

Qué es el ROI de la inteligencia artificial y qué beneficios mide

El ROI de la inteligencia artificial mide la rentabilidad económica de un proyecto de IA. Compara el beneficio que deja la solución, una vez descontados sus costes, con su coste total y expresa el resultado en porcentaje. Para interpretarlo, hay que indicar qué periodo estamos analizando.

El beneficio puede venir de un gasto que se reduce, de otro que evitamos o del margen que dejan las nuevas ventas. Si la IA ayuda a vender más, también hay que descontar lo que cuesta atender esas ventas. Los ingresos adicionales no equivalen íntegramente al beneficio.

Hay otras mejoras cuyo valor todavía no podemos expresar en euros. Un equipo puede solventar el trabajo acumulado, tomar mejores decisiones o responder de forma más útil a los clientes. Podemos seguir estos cambios con sus propios indicadores, pero no debemos incluirlos en el cálculo del retorno de la inversión (ROI, del inglés Return on Investment) hasta contar con una valoración económica justificada.

Ahorrar tiempo no siempre significa ahorrar dinero. Si los costes de personal se mantienen, el equipo puede dedicar las horas que libera la IA a otras tareas, aunque la empresa siga gastando lo mismo. El beneficio dependerá de cómo se aproveche ese tiempo para atender más trabajo, reducir otros gastos o mejorar el servicio.

Qué costes incluir al calcular el ROI de un proyecto de IA

El coste de un proyecto de IA va más allá de la cuota de una herramienta. Hay que sumar lo que cuesta ponerla en marcha y mantenerla durante el periodo que vamos a evaluar. Las principales partidas son:

  • Preparación e implantación. Estudiar el proceso, elegir o desarrollar la solución y hacer las pruebas necesarias. También hay que contar el trabajo de ordenar, depurar y preparar los datos para que la herramienta pueda utilizarlos.
  • Integración e infraestructura. Conectar la solución con las aplicaciones de la empresa, configurar los accesos y disponer del almacenamiento o la capacidad de procesamiento que necesite.
  • Uso de la solución. Licencias, suscripciones y consumo de servicios. El gasto puede variar según la cantidad de consultas, documentos o tareas que se procesen.
  • Adopción y formación. El tiempo que dedica el equipo a aprender a utilizar la herramienta, adaptar su forma de trabajar y poner en marcha el nuevo proceso, además del apoyo externo que se contrate.
  • Operación y mantenimiento. Soporte, actualizaciones, seguridad y seguimiento de la calidad. Si el proyecto requiere supervisión humana del proceso con IA, debemos contar también las horas dedicadas a revisar los resultados.

Separar los gastos de puesta en marcha de los que se repiten cada mes o cada año facilita el seguimiento. Al sumarlos, hay que evitar contar una partida dos veces: si la factura de implantación ya incluye formación e integración, esos importes no se añaden de nuevo.

El tiempo del equipo también debe registrarse y valorarse como un coste, aunque no suponga un pago adicional. Conviene distinguirlo de los pagos a proveedores para saber qué parte del esfuerzo del proyecto se traduce en una salida de dinero.

Cómo calcular el ROI de la IA: fórmula del retorno de la inversión

La fórmula básica es:

ROI (%) = [(beneficios económicos atribuibles - coste total) / coste total] × 100

En esta fórmula, los beneficios económicos son los que genera el proyecto antes de descontar sus costes. El coste total incluye tanto la implantación como el funcionamiento durante el periodo elegido. Beneficios y costes deben referirse al mismo proyecto y al mismo periodo.

Si el resultado es positivo, los beneficios superan los costes. Si es cero, los igualan. Un resultado negativo indica que la inversión todavía no se ha recuperado en ese periodo. El porcentaje resume la rentabilidad económica, pero no recoge por sí solo todas las mejoras del proyecto ni asegura que el resultado se mantenga en el futuro.

Para calcularlo con criterio, necesitamos saber cómo funcionaba el proceso antes de incorporar IA: cuánto tardaba, qué volumen de trabajo atendía, cuántos errores presentaba y qué recursos consumía. Esa referencia nos permitirá comparar los resultados posteriores. La comparación debe tener en cuenta los cambios en la carga de trabajo y las variaciones propias de cada época del año.

También hay que comprobar qué parte de la mejora se debe a la IA. Si al mismo tiempo cambiamos el procedimiento o la organización del equipo, no podemos atribuir todo el resultado a la herramienta. Cuando sea posible, comparar con otro equipo o proceso similar que aún no la utilice ayuda a entender su aportación.

Un mismo beneficio no debe sumarse dos veces. Si ya hemos valorado la reducción de errores a partir de las horas que dejamos de dedicar a corregirlos, añadir de nuevo esas horas como otro ahorro inflaría el retorno. Si el cálculo se basa en previsiones, debemos diferenciarlas de los resultados comprobados después de poner en marcha la solución.

Métricas y KPI para medir el valor de la IA más allá del ahorro

Medición de indicadores de un proyecto de IA

Los indicadores clave de rendimiento, o KPI, sirven para comprobar si el proyecto está cumpliendo su objetivo. Antes de elegirlos, necesitamos definir qué queremos mejorar, de qué situación partimos y qué resultado esperamos alcanzar. También debe haber una persona encargada de revisar esos datos.

Para medir la productividad, podemos observar cuánto se tarda en completar una tarea, cuánto trabajo resuelve el equipo y qué volumen queda pendiente. Hay que incluir el tiempo de revisión y corrección: si una respuesta se genera más rápido, pero después hay que rehacerla, el ahorro puede desaparecer.

La calidad se puede seguir a través de la proporción de resultados correctos, las incidencias y las tareas que necesitan corrección. Estos datos deben acompañar a los de velocidad. Atender más solicitudes pierde valor si también aumentan los errores o las reclamaciones.

Cuando el objetivo es comercial, interesa observar la conversión, la retención de clientes y el margen de las ventas que podemos atribuir al proyecto. Para evaluar la experiencia del cliente, podemos medir cuánto tarda en resolverse una solicitud, cuántas se solucionan en el primer contacto o cuál es el nivel de satisfacción. Responder de inmediato sirve de poco si el cliente sigue sin resolver su problema.

También necesitamos saber si el equipo utiliza la solución de forma habitual y para qué tareas. Tener licencias asignadas no demuestra que la herramienta se esté usando ni que aporte una mejora al trabajo diario.

Estos indicadores completan la evaluación económica. Si los clientes están más satisfechos, podemos registrar esa mejora aunque todavía no sepamos cuánto aporta a los ingresos. Comprobar que algo mejora no significa que ya podamos asignarle un valor en euros.

Cuánto tiempo se tarda en recuperar la inversión en IA

El plazo depende de lo que cuesta poner en marcha el proyecto, de sus gastos recurrentes y del uso que se haga de la solución. También influye cuándo empiezan a obtenerse los beneficios económicos. Preparar los datos, conectar los sistemas y aprender a trabajar con la herramienta puede llevar tiempo, por lo que no existe un plazo común para todos los proyectos.

La inversión se recupera cuando los beneficios económicos acumulados igualan los costes acumulados. En esa cuenta entran tanto los gastos iniciales como los que siguen generándose durante el funcionamiento. El plazo de recuperación indica cuándo llegamos a ese punto, mientras que el ROI expresa la rentabilidad del periodo que estamos analizando.

Una prueba piloto nos permite conocer mejor los costes y resultados antes de ampliar el proyecto. Aun así, al llevarlo a otros equipos o procesos pueden cambiar el consumo de servicios, las necesidades de soporte y las horas de supervisión. Por eso, hay que revisar las previsiones con las condiciones de uso de la siguiente fase.

Para decidir si seguimos adelante, necesitamos valorar los resultados económicos junto con la calidad y el uso real de la solución. Si la mejora se mantiene y los costes de ampliación son asumibles, podemos plantear extender el proyecto. Si el equipo apenas utiliza la herramienta o tiene que corregir demasiados resultados, habrá que revisar qué está fallando. Y si no encontramos una forma razonable de alcanzar los objetivos, también debemos considerar detenerlo.

Medir el retorno es más sencillo cuando la IA se implanta con control desde el principio. Esto es lo que hace LANBU, empresa del grupo Cuatroochenta, con su solución para adoptar la inteligencia artificial de forma segura y gobernada.

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